martes, mayo 27, 2008

EL SUEÑO IMPOSIBLE





En mi constante búsqueda de piezas heroicas mi héroe favorito, Francisco Lorca, me descubrió hace tiempo este anuncio de Honda en el que en apenas dos minutos está comprimido un mensaje de resolución, idealismo y vigor. La letra de la canción, que transcribo al final, pertenece a la banda sonora de la película de Arthur Hiller, El hombre de la Mancha, protagonizada por Peter O'Toole y Sophia Loren.
Don Quijote es el primer héroe moderno. En su novela, Cervantes, presenta lo heroico como locura, como una empresa imposible y anacrónica que sólo puede sobrevivir como ficción en los libros de caballería. Ya entonces, (la novela se publicó en el año 1605) estaba fuera de lugar creer en valores como el honor y el coraje, o atreverse a soñar con una vida en la que el deseo de aventura, la aristocracia del espíritu y la lucha por un destino propio fueran el motor de nuestra existencia. Esa creencia no afectó ni afecta en nada a la esencia del ideal. El ideal, que es lo eterno, lo que permanece a través del tiempo y las modas, continúa en su pedestal, en ese espacio intangible que pertenece a los sueños. Que prefiramos mirar hacia otro lado y sonreír con ironía cuando se habla del espíritu heroico, que llamemos “haber madurado” a haber perdido la capacidad de soñar o de desear con todas nuestras fuerzas llegar donde una vez creímos estar destinados, es triste sólo para quien quiere convencerse de que no existe otra forma de ser y de estar en el mundo llegados a cierta edad. Pero que “esos” sepan ante todo, que su posición no es moderna, que no es consecuencia de más inteligencia ni de más profundidad, que no crean que han alcanzado una verdad que los que aún seguimos soñando no podemos comprender. Muermos y cobardes, amargados y pobres de espíritu han existido siempre. Es el miedo al fracaso lo que conduce a los hombres al escepticismo. Y como todo en la vida, el escepticismo es una elección. Han escogido la opción más fácil y cómoda: renunciar a intentarlo hasta el final. No saben que todos tenemos miedo al fracaso. Todos. Y que es la decisión de cómo afrontar ese miedo lo que nos diferencia. Mantenernos vivos hasta el final depende de nosotros.
Este pequeño nutriente publicitario es para los que creemos que aspirar a lo heroico no sólo no es un sueño imposible, si no la meta que debe mover y alimentar nuestros actos.
Disfrutarlo con todos los sentidos para sacar el mayor provecho de esta merced, que diría El Quijote. Porque cuando aprendes a ver y a oír y dejas que el entusiasmo te penetre, te das cuenta de que eres tú quien decide a cada segundo quién quieres ser. Y entonces descubres que eres invencible.
Invencible.

The imposible dream. "El sueño imposible"

To dream the impossible dream (sonar el sueño imposible)
To fight the unbeatable foe (luchar contra el enemigo invencible)
To bear with unbearable sorrow (soportar con pena insoportable)
To run where the brave dare not go (correr donde los valientes no se atreven)

To right the unrightable wrong (corregir lo que es imposible corregir)
To love pure and chaste from afar (amar lo puro y casto ante todo)
To try when your arms are too weary (intentarlo cuando tus brazos están demasiado cansados)
To reach the unreachable star (alcanzar la estrella inalcanzable)

This is my quest (esa es mi misión)
To follow that star (seguir esa estrella)
No matter how hopeless (no importa que no tenga posibilidades)
No matter how far (no importa lo lejos que esté)

To fight for the right (luchar por lo que está bien)
Without question or pause (sin dudas ni pausas)
To be willing to march into Hell (estar dispuesto a ir al infierno)
For a heavenly cause (por una causa celeste)

And I know if I'll only be true (y sé que si fuera fiel)
To this glorious quest (a esta búsqueda gloriosa)
That my heart will lie peaceful and calm (mi corazón descansaría en paz)
When I'm laid to my rest (cuando yazca en mi tumba)

And the world will be better for this (y el mundo será mejor)
That one man, scorned and covered with scars (cuando un hombre, desdeñado y cubierto de cicatrices)
Still strove with his last ounce of courage (luche hasta su último aliento)
To reach the unreachable star! (¡para alcanzar la estrella incanzable!)

(La voz que al final dice: “I couln’t have put it better myself” es la de un ya anciano Peter O’Toole que cantó esta misma canción cuando interpretó a un Quijote todavía fiel a sus sueños. O’Toole dice: “Yo no habría podido expresarlo mejor”

martes, enero 08, 2008

PREGUNTAS PARA EL ÑUEVO AÑO


Feliz, 2008, lectores asiduos y Feliz, 2008, nuevos lectores.

Este año ha comenzado envuelto en preguntas. Preguntas que están suspendidas en la mente de todos y para las que algunos de vosotros tenéis respuesta. Si es así aquí podéis iluminar el mundo con vuestra visión. Si algo necesita el mundo es luz.
Esta es la pregunta:
¿Y si el arte, todo el arte no fuera más que una evasión de la conciencia? ¿Un instante que nos saca de nosotros y nos hace olvidar nuestro presente, como pueden hacerlo el amor, el sueño o la muerte? Construimos y visitamos edificios para albergar obras de arte y observar un cuadro. Compramos un libro para leer algo que jamás ha sucedido, ni sucederá. Pagamos una entrada para escuchar un sonido. No cualquier sonido, notas, tonos especialmente modulados, hilados para producir deleite.
¿Pero por qué nos produce deleite el arte? ¿Con qué nos conecta? ¿Qué nos aporta? Cuando salimos del libro o del museo, la vida sigue igual de desdichada para el desdichado y de feliz para el alegre. ¿Qué hemos incorporado a nuestro ser en esa experiencia? ¿Con qué nos vamos de más cuando abandonamos el concierto, cuando cerramos un libro, cuando salimos del museo? ¿Es algo que deja huella? ¿acumulativo? ¿algo que reposa en alguna parte de nosotros? ¿O es simplemente un instante que brilla y luego se desvanece dependiendo de la sensibilidad de cada uno?
¿Es presente lo que nos aporta el arte? Tal vez sea que nos sitúa fuera del espacio-tiempo real y nos coloca en un espacio-tiempo hecho a medida de cada uno. Nos hace dueños de esos términos y por tanto recrea el contenido, es decir a nosotros o nuestra apreciación de nosotros mismos. Porque dentro de la verdadera obra de arte nosotros somos el contenido. La forma es lo que el artista utiliza a modo de espejo, pero es un espejo como el de la madrastra de Blancanieves que siempre nos da una imagen mejorada de nosotros mismos. Lo que vemos es cómo deberíamos ser y nos libera del “así somos”. Incluso un género oscuro y trágico sirve para apelar al ideal. El horror puede revelar el coraje, la heroicidad, los valores por los que merece la pena vivir.
Un cuadro como, El Coloso, de Goya, que tantas especulaciones generó desde su creación, es para mí un espejo del horror transformado en visión, en premonición. Como si fuera una advertencia, como si el cuadro representara algo que todavía puede evitarse. Porque en el espacio-tiempo del lienzo los horrores que se insinúan aún no han sucedido o están siempre sucediendo.
La Venus de Milo, por otro lado, dirige nuestra sensibilidad a lo eterno, a lo que siempre será bello pase lo que pase. Incluso sin brazos y magullada por el tiempo mantiene la esencia de la serenidad, de la belleza y el ideal imperturbable.
El verdadero arte no es por tanto “fotográfico” sino simbólico. No muestra, anima a interpretar.


miércoles, septiembre 26, 2007

UN GIGOLÓ ESPAÑOL EN LONDRES




“Londres es en conjunto la forma más posible de vida. Lo digo como artista y como soltero; como alguien que tiene la pasión de observar y cuya tarea es el estudio de la vida humana. Es la mayor congregación de vida humana- el más completo compendio del mundo” Henry James escribió esto en 1876 pero la apreciación es tan actual como entonces.

Hoy hay miles de españoles viviendo en Londres. Unos llegan entusiasmados pero se marchan al poco tiempo, incapaces de soportar el tiempo y la comida. Otros, como David (no es su nombre real) se quedan porque es el único lugar que les permite sostener la imagen que han creado de sí mismos. A veces, como le ha ocurrido a él, esa imagen les apresa y ya no se identifican ni con lo que eran ni con lo que son.
David ya no sabría cómo regresar a casa, a España, porque hace tiempo que ese nombre perdió sentido para él. Vino como todos, a estudiar inglés, a conocer mundo, a conocerse a sí mismo. Ahora sabe inglés. Aunque el idioma que utiliza para comunicarse no es ese sino el de la seducción. Tiene 28 años y es gigoló. Es alto, moreno, hermoso como un torero. Al menos como la idea que tienen aquí de un torero.
Llegó con 24 años, después de terminar su carrera de empresariales. Sin perspectivas de futuro porque no tenía interés en un futuro y menos aún empresarial. Acabó la carrera por obligación y es sabido que todo lo que no sale del alma acaba pereciendo. Unas vacaciones y un curso de inglés intensivo eran el plan.
Ahora, cuatro años después, tiene un estrecho pero coqueto loft en Chelsea desde donde se acicala para sus citas. No son numerosas pero sí exclusivas, bien pagadas. La razón de su éxito es que hay mujeres que sólo han sido miradas por seres escuálidos y blanquecinos. Hombres mantecosos de piel rosada y maneras exquisitas, o no tanto. El inglés es pálido, de carnes laxas y normalmente poca cosa. Los hay, o ha habido, como Byron, fornidos, elegantes y apasionados. Pero el tipo que abunda es el Shelley: Enfermizos, cadavéricos, blandos de pies a cabeza.
David es una especie exótica. Su andar es refinado sin afectación. Su mirada no es de usar y tirar. Se queda prendida en algún lugar y pasado un tiempo nos hace pensar. No en él. En algo relacionado con él. Lo silvestre, quizá.
“La primera vez, me dice David, fue extraño. Llegó una señora muy arreglada a la parada de autobús donde estaba y me dijo que podía llevarme a donde quisiera. No era guapa pero sí elegante y subí al coche. Es como si esa mujer me hubiera abierto una puerta que daba a una parte de mi mismo. Como si antes que yo, ella hubiera visto que servía para esto. Después fue fácil. Me dio su teléfono y el de una amiga”
“¿Qué se siente al hacer el amor a una desconocida?” Le pregunto.
“Pena”, contesta. “No imaginas cuanta. Y no es el amor”, dice con algo de desprecio. “Lo que yo hago es un simulacro de amor. El sexo que estas mujeres buscan es la ilusión del un amor perfecto.”
Es sensible, pienso. “¿Existe?” Pregunto, “¿El amor perfecto?”
“No lo sé”, contesta mirándose los brillantes zapatos con media sonrisa. Como si hablar de amor fuera más impúdico que follar por dinero.
“Yo no lo conozco. Creo que nunca me ha querido nadie y yo…-duda- No, creo que tampoco sé lo que es estar enamorado.
“¡Dios!, que triste es este chico, pienso mirando sus rasgos perfectos. Él se gana la vida con lo que crea la vida y, sin embargo, no conoce lo más importante de la vida.
“¿Sabe alguien a lo que te dedicas?
“No, sólo tu. Y espero que no se lo cuentes a nadie. –dice, pensando que quizá no ha sido muy buena idea contármelo porque tenemos amigos comunes.
“¿Y con hombres? ¿Has estado con hombres?
“Me mira de reojo, como calculando si puede confiar en mí. Creo que tiene tantas ganas de hablar de sincerarse con alguien que hasta es posible que decida que soy de fiar.
“Alguna vez”
“¿Y?”
“Y nada-dice muy serio.- Es lo mismo.
“Bueno imagino que alguna diferencia habrá. Aunque sea muy pequeña-digo bromeando.
Sonríe. Y verle sonreír me da más pena que verle serio.
“Algo te falta ¿Qué es?-pregunto sabiendo que corro un riesgo.
No me mira. Parece que el mármol blanco del suelo es lo que más le interesa del mundo.
“Me falta alguien como tu”
Esto sí que no me lo esperaba. Pero sé lo que quiere decir. Necesita alguien que le escuche sin juzgarle. Alguien que esté fuera, pero que sea de dentro. Es decir, una “no cliente” y española que pueda comprender su carácter.
“Te advierto que no soy demasiado buena dando consejos- digo esto quizá demasiado fríamente. No es la respuesta que se da a alguien que acaba de decir lo que él ha dicho. Pero en el fondo me ha afectado más de lo que esperaba encontrar un semental con el corazón de un cachorro abandonado.
“No me malinterpretes-dice entonces.- Quiero decir que me gusta hablar contigo. Sabes escuchar.
“Si, eso es cierto.- contesto- Pero si estás tan sólo ¿porque no te vuelves?
“¿Volver? –pregunta como si no supiera lo que ese verbo significa.- No hay ningún sitio donde volver. No podría. Yo ya no tengo casa. Esta es mi ciudad, mi sitio: Un lugar que te permite vivir como yo vivo, sin que nadie sepa quién eres o qué haces.
“Sí. Eso no tiene precio, -digo con seguridad.- Pero todo lo demás sí lo tiene. Londres es una de las capitales más caras del planeta”
“Sí. Lo es. Y a mi me encanta hacerme trajes en Saville Row, comprar en Bond Street, en Jermyn Street. ¿Sabes que en esas calles es donde los dandys se hacían la ropa hace siglos? Todos los caballeros tenían tomadas las medidas en un sastre de Saville Row. Me gusta pensar que lo que llevo puesto es algo único.
“Eres un dandy de la era moderna. Como Beau Brummell,- digo sonriendo”
“Exacto-responde con los ojos iluminados- Me gusta arreglarme. Lucir mi traje de 3000 libras, mis zapatos hechos a medida. Me siento especial, deseable.
“¿De verdad da para tanto?”-preguntó fascinada.
“Lo cierto es que da para mucho más. Pero también pienso que es bueno ahorrar. Nunca se sabe cuanto puede durar.”
“Eres joven y mujeres ricas con ganas de divertirse va a haber siempre.”
“Ya, pero no sé si querré hacer esto siempre. Es necesario tener una edad, una imagen. Llegado cierto momento me vería ridículo haciendo esto. Ahora es como un juego. No tengo obligaciones ni las quiero pero ¿Y mañana?
“¿Mañana?”
“El mañana siempre llega”-dice
“Parece el título de una película de James Bond”
“Sí- sonríe- Pero es cierto.
“¿Si tuvieras que destacar qué te da esta ciudad, que sería?” Le pregunto.
“Me da libertad”, contesta.”
“¿Para qué?”
“Para ser yo mismo.”
“Pero ¿Ahora eres tu mismo? ¿Es esto lo que querías ser? ¿Un gigoló?”
Me mira desconcertado.
“Sí”, responde con orgullo. “Soy esto. ¿Qué hay de malo?”
“No lo sé”, contesto. “Dímelo tú.”
Se queda mirando sus carísimos zapatos un momento y luego levanta la cabeza y dice: “¿Quieres saber qué es lo peor? Lo peor es este maldito clima. Me acabará blanqueando la piel y todo se irá al carajo. No más macho latino.”
“Hay rayos UVA”, le digo, sabiendo que no es el sol que brilla sobre nuestras cabezas lo que él echa de menos.
“Sí, pero no es lo mismo. ¿Va a salir esto en tu entrevista?” pregunta.
“Claro”, contesto.
“¿Pero no dirás quien soy?”
“Sólo lo que haces”.
“Lo que hago…”, dice riendo. “La verdad es que hay tanta distancia entre quién soy y lo que hago que ni yo me reconozco a veces.”-dice haciendo gala de una enorme pero adorable incoherencia.
“Pero eres libre”, digo con malicia.
“Sí”, contesta satisfecho, “Lo soy.”
“Eso es lo que importa.”
Me levantó y abandono el bar del hotel donde nos hemos citado. Él se queda allí, sentado. No le digo lo que pienso. Dejo que siga creyendo que la libertad es posible cuando existe una distancia semejante entre lo que se es y lo que se hace. No tengo valor para decirle que está atrapado en una ilusión porque yo estoy atrapada en la mía y así “ad infinitud”.
Es lo que tiene Londres: Permite vivir nuestra propia ficción. Normalmente el tiempo que somos capaces de sostenerla es menor que el de David, pero su caso es extremo en todos los sentidos. Londres le proporcionó una imagen de sí que le gustó y allí se quedó. Contemplando su perfecta imagen de dandy. Una especie de Dorian Gray a la española. Probablemente la única imagen estática de todo Londres.

martes, julio 31, 2007

LA DIGNIDAD DE LOS VOGLER






Ayer, 30 de julio de 2007, murió Ingmar Bergman, uno de mis directores de cine preferidos.
Cuando muere un artista, un verdadero hacedor de sueños, muere algo en la humanidad. El “canal” que estaba abierto para él se ha cerrado definitivamente. Ya no habrá más Bergman. Lo hecho, hecho está. Nos queda, sin embargo, mucho de él: su mirada y sus sueños, casi siempre pesadillas.
Este artículo lo escribí hace nueve años, después de otros tantos de ver casi a diario su película, El Mago. Sé que aún no he logrado descubrir todo lo que se esconde en la cinta, que me quedan muchos detalles, significados ocultos y sensaciones que captar y analizar. Esto es sólo un comentario, un grano de arena sumado a lo que, en todo el mundo, se escribirá estos días sobre él. Su muerte es una muerte real porque es probable que ningún otro cineasta, artista, puede incluso que hombre, haya mantenido una relación tan estrecha con la muerte. Hasta jugó una partida de ajedrez con ella. Y por supuesto, la perdió.



LA DIGNIDAD DE LOS VOGLER


“El rostro. El mago. Un carromato recorre entre la niebla un sendero agreste. Alrededor, un bosque impenetrable habitado por fantasmas que buscan compartir confidencias. “¿Quiere saber qué se siente estando muerto, señor?” El comienzo de la película El Mago de Ingmar Bergman es un tropiezo con la muerte, una llamada desde el más allá. Un actor moribundo pide auxilio desde las profundidades del bosque. Es un ser grotesco y desaliñado que anhela librarse de todo lo superficial. Cuando Vogler se adentra en el bosque para atender su llamada, cruza una estrecha franja de agua, oscura y humeante como la laguna Estigia y penetra en el mundo de los muertos. En el suelo, arrojado por el mundo como un despojo encuentra al actor Spegel.
Vogler sólo sonríe dos veces en la película. Una, es cuando el actor que ansía la pureza sobre todas las cosas le pregunta por qué va disfrazado. Vogler siente verdadero afecto por el moribundo desde el primer momento en que se ven. ¿Por qué? Porque Spegel es la conciencia de Vogler, su deseo de ser sincero consigo mismo y con el mundo. Representa su aspiración de crear, sin artificios, una ficción real.
Spegel agoniza en el carromato. Vogler le mira atentamente, lleno de curiosidad mientras la muerte lo va invadiendo. “Mantendré mi rostro abierto a su curiosidad” dice Spegel. Pero Vogler conoce muy bien lo que es estar muerto. Hace tiempo que él atravesó esa frontera misteriosa donde se produce una escisión irreparable. La muerte de Vogler fue una muerte silenciosa, apenas perceptible, pero el paisaje que ha dejado a su paso es aterrador. Vogler ha sido destruido por un exceso de racionalidad, por un viento cuerdo que estancó sus ilusiones. Él sabe mejor que nadie lo que ha perdido. Algo más preciado que la vida: La ilusión de vivir. Antes, interactuaba con los sueños, obligaba a la materia a transformarse en emociones, forjaba elásticos los sentidos... Algo pasó. No sabemos si fue un hecho puntual o si fue el tiempo quien le arrebató su don, pero cuando le conocemos es un hombre acabado que arrastra, muy a su pesar, la gloria del héroe que fue.
El vacío que soporta es tan grande que se ha hecho sustancia. Es un peso muerto que le arrastra hacia un futuro sin incentivos. Y desde ese presente tiránico e ineludible, el recuerdo de ese tiempo remoto y mítico, que no puede olvidar porque es la razón de ser de todo su existir, afronta los días y las noches que son oscuras y pobladas de fantasmas. Vogler podría vivir del pasado, de la gloria alcanzada, pero su dignidad le impide abandonarse. Prefiere un castigo a la vista de todos, la humillación antes que aparentar que aún tiene un dialogo con lo sublime. No puede engañarse a sí mismo, por tanto no desea engañar a nadie. A Vogler sólo le sirven las verdades enteras. La oscuridad que le oprime es un reflejo del esplendor pasado y viendo su rostro llegamos a concebir la magnitud de lo que fue su poder. Su pena es tan honda, tan desgarradora que incluso ha prescindido del artificio de las palabras. Como mago, sabe que éstas son la primera aproximación al encantamiento. Si hablase se hundiría en el hueco sin fondo que el sonido de su voz pondría de manifiesto. El silencio le protege de perder la imagen de su propio recuerdo. Es por tanto un silencio ritual.
Su vida transcurre en un mundo yermo donde domina la racionalidad, donde la magia es cosa de charlatanes y embaucadores. Como tal le tratan y como tal se deja tratar porque su perdida es para él un castigo y no le importa que otros digan en voz alta lo que él piensa. Los otros representan esa voz que ha nacido de él. Los otros sólo existen porque él lo permite. Y si se deja humillar es porque sabe que la única forma de resucitar es rebelarse contra la verdad de los otros.
Lo más curioso es que a pesar de que el resto del mundo está ahí, nadie significa nada para los Vogler. El resto de los personajes de El Mago, son burdos, elementales, miserables. Unos, los que representan la racionalidad, la visión científica, la clase dominante, resultan ser seres vacíos, necesitados de una verdadera pasión. Están condenados dentro de sus palacios, dentro de sus relaciones, dentro de sus creencias. Su altivez es sólo una máscara, como la que lleva Vogler, pero en su caso esta máscara oculta una necesidad despiadada de creer en algo. Su insatisfacción es agresiva. Con su poder, desearían despojar a Vogler de su desesperación y hacerse dueños de ella para así saber lo que se siente al sentir.
El otro grupo, el de los sirvientes, es incluso más patético. Son animalillos alegres e indefensos que sólo piensan en comer y fornicar. Alegres y asustadizos viven fuera del misterio, de la cognición. Sienten pero no piensan. Son el reverso de sus señores. Hacen aspavientos, se dejan vencer por sortilegios y pócimas con una facilidad pasmosa. Son manipulables, blandos, básicos. Viven al calor de la cocina, del heno, de cuchicheos y coqueteos risibles. Los Vogler son para ellos seres poco fiables. Con su olfato rústico pueden percibir el halo de misterio que los sostiene. Saben que son distintos. Distintos a ellos mismos, a sus señores, a todo lo que han conocido y conocerán. Cuando se marchan, les observan con ojos recelosos, con cierto alivio.
Estos dos grupos tan distintos y a la vez tan iguales son una muestra del mundo. Pero la sensación que tenemos es que Vogler es el único hombre y Manda, la única mujer. El resto se divide en criaturas sin alas y mamíferos de sangre caliente. Por eso el problema de Vogler parece insoluble desde fuera. No hay nadie capaz de ofrecerle una solución. Sea cual sea la respuesta, no viene de los vivos. El muerto Spegel es el único que parece poder influir en su misteriosa existencia. Él, sin proponérselo siquiera, ofrece la oportunidad para que algo cambie. Spegel es un fantasma enternecedor, sufriente como todos los fantasmas y vuelve para quejarse de que Dios jamás le utilizó. Se siente inútil. Ha muerto sin dar todo lo que él creía llevar dentro, lleno de esperanzas, lleno de ganas de ser, de dar, abrumado por la necesidad de ser visto. No hay nada más triste que un actor invisible. “Siempre, dice Spegel, quise tener un cuchillo que pusiera a la vista mis vísceras”
Vogler sólo se estremece ante Spegel. Él es el único que le hace sonreír y también el único que le produce compasión. Su encuentro no es casual. Bergman opina que todo lo innecesario es erróneo y su filmografía recorre lo inevitable, lo esencial desde un ángulo estético que se convierte en Ser. Utilizando la peculiaridad y un estilo inalienable es capaz de crear universales. Sus personajes son únicos y sin embargo encierran el misterio de lo inexpresable en su mirar, en su hablar y en su decir. Su actuar parece configurarse en un lugar eterno, más grande que ellos mismos. Están habitados por la inmensidad y la derrochan como si fuera detalle, cotidianeidad. A esa forma de crear personajes e historias se la conoce como mitología. Trascender un papel, dejar abierta la posibilidad de lo inexpresable en un diálogo escueto o demorarse en un acto consciente en el que pueden observarse los hilos de eternidad que lo sostienen es heroico. Bergman es capaz de materializar el infinito misterio que envuelve la existencia humana poniendo delante de nuestros ojos seres atravesados por la enfermedad de la consciencia. Sus personajes son seres sin principio ni fin. Lo más destacable es que parecen habitar un espacio más real, más sublime que el nuestro. Su ficción compite con el espectro de nuestra realidad y al verles mirar hacia el horizonte presentimos la magnitud de lo que encierran sus perfiles.
Con Bergman nunca sabes lo que estás viendo. Crees que comprendes algo, lo sospechas, escuchas hablar a los personajes, pero sabes que nada de eso es lo esencial. Lo esencial escapa entre lo que se observa y lo que se intuye. Hay que hacer algo, no sé qué exactamente, para poder apreciar lo que se agita bajo la superficie. Pero cuando somos capaces de llegar a ese estado necesario, lo que se nos muestra es siempre algo atemporal, mítico. Bergman apela al mito, a eso que nunca ha ocurrido pero es verdad.
Por otro lado sabe retratar como nadie el absurdo. Sus películas nos ofrecen la posibilidad de ser selectivos, de aislar lo genial y apartarlo sin asco del conjunto. Lo que hiere nuestro gusto no es un defecto del realizador, sino una necesidad vital. Como en la vida, lo feo y lo mediocre son necesarios para resaltar lo bello y lo extraordinario. En ocasiones hay que pasar por alto el histrionismo de la representación y ver bajo los símbolos. La estupidez del ayudante de Vogler es verdadera estupidez, y como tal la sentimos. No sólo nos muestra que es un necio, nos hace detestar la osadía con que el personaje habita su estado de necedad.
Nadie excepto Manda, la esposa de Vogler, que le acompaña vestida de muchacho, conoce el secreto de El Mago. Ella es quien mantiene viva la esperanza, es el vínculo entre su pasado glorioso y el presente marchito. Es paciente, hermosa, reservada. Gesta en su seno, como si se tratara de un embarazo, la idea del antiguo Vogler. Conserva en su mirada el pasado glorioso de él y cada vez que la mira, él ve reflejado su destino. Porque la fe de ella en el poder de su marido es absoluta. Ella es quien deja abierta la posibilidad de cambio, la que, con su fe, acaba devolviendo a Vogler la conciencia de sus propios sueños.
El Mago es, como casi todas las películas de Bergman, un sueño que nos ayuda a soñar, a conectar con lo invisible, a sospechar lo que no alcanzamos a formular conscientemente. El suyo es un trabajo de traducción. Sus películas recopilan el álbum familiar de lo onírico del hombre del siglo XX.”






martes, marzo 20, 2007

EL PODER DE LA ESTÉTICA


Siempre nos han dicho que la belleza está en el interior y que lo importante es lo que no se ve… Es cierto. Hay una belleza que no depende de los cinco sentidos y la mayoría de las cosas importantes en la vida no podemos verlas: el amor, el placer, el sufrimiento, las ideas…
Pero lo cierto es que la estética, “la ciencia que trata de la belleza y de la teoría fundamental y filosófica del arte” según la definición de la Real Academia, necesita de los sentidos para existir. Alguien nos parece bello cuando nuestros sentidos, los ojos en concreto, quedan seducidos por sus rasgos, por la disposición de sus formas, por la coordinación de sus movimientos, por cómo la luz se refleja en su cuerpo y por un sin fin de matices que no somos capaces de vocalizar. La belleza produce sentimientos de bienestar, paz, armonía, excitación, estimulación. Ante algo bello nos detenemos cautivados. La belleza es capaz de suspender el pensamiento, y aunque no sabemos exactamente dónde nos transporta, el estado en que nos coloca es siempre bienvenido y placentero.
Algo bello nunca produce en sí mismo sentimientos negativos. Si quien mira siente odio al contemplar algo bello, no es la belleza en sí lo que le repele sino, por ejemplo, que la persona amada o deseada mire con fascinación la imagen de una mujer desnuda indescriptiblemente hermosa montada en un caballo negro. En ese momento desearíamos ser mirados así y, saltándonos un montón de pasos, llegamos a la conclusión de que es la imagen lo que no nos gusta. Una mujer que mira a una mujer hermosa y siente envidia, odio, rabia, etc. no está mirando la belleza de la imagen sino las carencias que ve en sí misma. No nos repele lo bello sino la falta de belleza que hay en nosotros.

La estética, como cualidad de lo bello, está dentro de lo sublime, de aquello que jamás nos sacia, de aquello que siempre nos esforzamos en capturar sin éxito. Es una especie de religión sin dioses y sin dogma de la que todos somos devotos.

La relación entre estética y bien es antigua y comprensible. Lo bello, para serlo, necesita mantener ciertas formas, ciertas proporciones. El orden está relacionado con lo bello, el desorden con lo feo. Por eso causa fascinación observar una mujer hermosa y perversa, o entender que detrás de una estética como la nazi se encuentre la raíz del mal en estado puro.

Una de las cosas que más me sobrecoge es cómo el tercer Reich utilizó la estética para cautivar y embaucar almas. Es un efecto siniestro el que produce mirar a un hermoso oficial de la SS, ante el que nos detenemos para perdernos durante un instante en ese placer indescriptible del que antes hablaba, y acto seguido tener que despertar del sueño para entrar en la pesadilla y relacionar esa bella imagen con el horror y la aberración más absolutas.

Cuando nos arreglamos para una ocasión especial, cuando nos vestimos de gala, nuestro comportamiento se modifica ligeramente. Hablamos con más delicadeza, tratamos de movernos con más elegancia, sin darnos cuenta emulamos un comportamiento que relacionamos con lo bello: la educación, el saber estar, la amabilidad. La estética, cuando domina una situación, impone sus formas y su “ideología”. Si alguien va vestido elegantemente pero actúa de forma chabacana, vocifera, maldice… aunque los ojos sigan captando la belleza indiscutible de la figura, lo que sentimos ya no es una sensación de bienestar sino un incómodo bochorno. Más incluso que si quien se comporta de ese modo es un vagabundo andrajoso. La actuación del vagabundo no nos causaría tanta impresión porque, como decía, en nuestro interior hay establecida una relación implícita entre belleza y educación, belleza y elegancia, belleza y serenidad, belleza y no violencia.

Por eso, una de las mayores barbaridades que la historia de la humanidad ha contemplado reside en la superposición por parte de los nazis de dos términos antitéticos: violencia y belleza. Eso no quiere decir que si no hubieran desarrollado una estética del asesinato el horror del genocidio hubiera sido menor. Pero realizar todo aquello bajo esa mascarada de orden, elegancia, salud y vitalidad causa aún más escalofríos que si los asesinos se presentaran como unos bárbaros gesticulantes, desorganizados y desaseados. En ese caso habríamos juzgado que no existía máscara, que no había engaño, que lo que contemplábamos era el rostro del mal en estado puro. Porque el mal está en contacto directo con lo feo, el horror, lo que no queremos mirar.

Esto no significa tampoco que quien no sea físicamente agraciado esté relacionado con el mal y con el horror. Ser feo puede ser algo tan subjetivo como ser guapo. El filósofo Jean Paul Sartre, feo universal donde los haya, decidió en cierto momento de su vida que estaba harto de sentirse feo y que a partir de ese momento se elegiría atractivo. Decidió convertirse en alguien con un encanto irresistible, actuar como si fuera el hombre más guapo del mundo. Es cierto que sus ojos no se enderezaron y que su nariz no menguó, pero parece ser que ejerció una influencia sensual sobre las mujeres que quizás otro más agraciado jamás pudo ni supo desarrollar. No hablaremos de Sergei Gainsbourg, uno de los seres más feos que el cielo ha visto sobre la faz de la tierra, que sin embargo atrajo a su lado mujeres tan bellas como Brigit Bardot o Jane Birkin. Probablemente no se sabía feo, o lo era tanto, que decidió convertirlo en una ventaja. En una peculiaridad.

La belleza es mucho más que un conjunto de rasgos. Muchas veces hemos visto bellezas tan sosas y carentes de alma que nuestra mirada pasa por encima sin conmoverse o, aún peor, conmoviéndonos ante el espectáculo que ofrece semejante desperdicio.
La belleza, como lo divino, está llena de misterio. Querer ser bello puede ser a veces más efectivo que serlo realmente. Quien se elige bello sabe que lo que hay que hacer es conquistar los sentidos del otro y elaborar una especie de conjuro para ser visto, no como somos, sino como queremos ser.

Una estética es también “un conjunto de elementos estilísticos y temáticos que caracterizan a un determinado autor o movimiento artístico”: La estética griega, la estética renacentista, la estética de Almodóvar. Una estética es una forma de mirar el mundo, de interpretarlo y darle sentido. Quien posee una estética propia posee una parte del mundo, o mejor, crea un mundo aparte con sus reglas y posibilidades.
Hace años, cuando el alcalde de Nueva York decidió limpiar y mejorar el metro, bastó con quitar las pintadas, arreglar los vagones, y acicalar las estaciones para que el crimen descendiera drásticamente. Cuando un vagón llegaba con graffiti o destrozos al final del día, lo pintaban y arreglaban antes de volverlo a poner en circulación. A partir de ese momento, como si los ladrones y los vándalos estuvieran coaccionados por un guardia que les vigilaba, la estética impuso sus normas y frenó sus impulsos. El crimen y el vandalismo dejaron de ser el principal problema.
Sí. Lo que no se ve seguirá siendo lo más importante en nuestras vidas, pero si nos preocupáramos más por lo que se ve, el mundo sería sin duda un lugar mucho más agradable.

viernes, febrero 02, 2007

HÉROES DE AYER Y DE HOY




“¿Cómo se puede ser héroe? ¿Cómo superar la necesidad y alcanzar la excelencia? ¿No es este un sueño vano de omnipotencia infantil? ¿No es el heroísmo una turbia ilusión?” Para quien cree, como yo, que el heroísmo es la más alta meta que el hombre puede imponerse, las preguntas que Fernando Savater formula en su fantástico libro, La Tarea del Héroe, no son teóricas, constituyen el camino, revelan la forma y afianzan la autodeterminación.
Los héroes han existido desde el principio de los tiempos. Siempre los hemos necesitado. Su presencia, ya sea en la vida real o en la ficción juega un papel fundamental en todas las culturas. Incluso hoy, que nos creemos a salvo de mitos y mitificaciones, la figura del héroe proporciona un sustento moral poderoso a aquellos que desean identificarse con el hombre ideal. Jack Bauer es para el siglo XXI lo que Aquiles fue para los griegos de los siglos VII AC en adelante. Homero abre la Iliada con la palabra “Menim”, Cólera. La Iliada es un poema escrito para ensalzar, estudiar y aprender de la cólera de un héroe, para que sepamos cómo piensa, actúa, sufre y ama. Homero no nos presenta un personaje afable, si no a un hombre encendido por la ira, movido por el coraje que proporciona tener una misión. Aquiles, y podemos decir lo mismo de Bauer, es infalible, inflexible y brutal cuando está en el frente. Cuando cogen su espada o su pistola, Aquiles y Bauer se transforman en soldados y se alejan de lo humano para entrar en una esfera que está reservada sólo a unos pocos. Sus facultades crecen, sus sentidos se agudizan, su compasión desaparece, su fuerza física se magnifica. Son héroes.
Puede sonar descabellado comparar la Iliada con 24, y a Aquiles con Bauer. La Iliada es un tesoro literario, una fuente de información para conocer el mundo antiguo, fue la base moral, espiritual y social de los griegos, que encontraban en sus páginas el cómo y el porque de su mundo y quizá es la obra más importante e influyente de la literatura occidental. No se pueden comparar. Pero yo voy a hacerlo. Porque aunque los tiempos han cambiado y en el pasado la forma en que un hombre tomaba contacto con sus ideales era muy distinta a la de ahora, en el fondo, la tarea del héroe sigue siendo la misma. Y la necesidad que el hombre tiene de poder señalar sin ambigüedad sus valores no ha decrecido.
Antes se escuchaban las historias sobre héroes de boca de un poeta, de camino al mercado, en un descanso, sentados alrededor de una hoguera o en la plaza del pueblo. Hoy nos acomodamos después de un día de trabajo junto a la chimenea y nos dejamos invadir por la fascinación que siempre ha proporcionado cualquier persona o artefacto capaz de sacarnos de nuestra realidad y transportarnos a un mundo ideal. O, en el caso de 24, a una réplica de nuestro propio mundo, donde Estados Unidos es el protagonista y donde las amenazas no son los Troyanos si no los terroristas.
Aunque la serie lleva seis años yo la he descubierto hace sólo un par de meses porque nunca veo la televisión y no le tengo mucho respeto. Por eso, cuando la vi por primera vez en DVD, lo que más me sorprendió fue la similitud del “plot”, de la trama, con las tragedias griegas, con la épica griega. Han pasado miles de años desde que Homero escribió La Iliada, desde que Eurípides estrenó Las Bacantes y cientos desde que Shakespeare representó aquí en Londres su Hamlet, pero como toda ficción genuina, 24 posee la fuerza de lo esencial, de lo que es verdadero porque pertenece a la naturaleza humana, a sus pasiones, a sus miedos, a sus logros.
El presidente Palmer tiene que luchar por el poder que le corresponde como monarca honrado y como representación del Orden del mismo modo que Zeus luchó con los titanes para conseguir su trono en el Olimpo. Su mujer Sherry, utiliza la palabra como arma para realizar sus siniestros fines igual que Lady Macbeth lo hizo hace siglos. Con Nina Myers comprendemos con desolación lo que es la traición, la verdadera traición. La supuesta locura de la mujer del nuevo y patético presidente (monarca), Logan, tiene un complejo de Casandra que imagino (aún no he llegado al final de la serie 5º) costará caro a los gobernantes. El Prospero de Shakespeare me recuerda a Tony Almeida, desplazado de su cargo por usurpadores y oportunistas, un héroe desterrado en la isla de un suburbio de Los Ángeles.
Durante toda la serie, cada hora, se plantean dudas morales como las que Sófocles planteó en su Antígona. ¿Qué es más justo, pasar por encima de la ley y desatender las obligaciones que tenemos como ciudadanos o cumplir con las que demandan los lazos de sangre? ¿Es justo matar a un hombre para salvar a otro que posee información que a su vez puede salvar a miles de personas?
El conjunto es impecable pero lo que le da a 24 la chispa es por supuesto Jack Bauer.
Como todo héroe, Bauer es un solitario marcado por el estigma de los que han nacido con un destino distinto, imposible de compartir con nadie porque requiere renuncias y sacrificios, pero sobretodo, exige no temer a la muerte. Bauer está inmunizado, protegido como Aquiles, por su propia elección de enfrentarse a la muerte. Cuanto más se expone a ella más invulnerable es. En La Iliada diríamos que una fuerza superior le sostiene y a la vez le ata a su destino. La valentía del héroe no está solamente en el campo de batalla si no en la vuelta a ese hogar vacío al que regresa después de la lucha, solo y sabiendo que ha sido elegido para desempeñar un papel y que mientras él sostiene el peso del mundo sobre sus espaldas, como un atlas, el mundo mira hacia otro lado cuando se convierte en hombre, y como un niño abandonado reclama el mismo trato, el mismo amor y comprensión que cualquier otro ser humano. Pero eso es imposible. Queda bien expuesto cuando la mujer que ama le ve en acción, transformado en “armadura”, prescindiendo de todas aquellas debilidades que obstruirían el resultado deseado. Entonces, la mujer se aleja de él aterrorizada sin darse cuenta que el héroe, fuera de la acción es tan vulnerable o más que cualquier hombre. Y debería estar claro porque cuando Bauer sale de la acción jamás utiliza sus facultades para su propio provecho. Ante la mujer que ama está desarmado, perdido. Es reservado, vulnerable, incluso da la sensación de que a veces pide disculpas con la mirada por ser lo que es, un héroe, por ser el mejor, por saber siempre lo se tiene que hacer.
Pero cuando entra en acción la Fortuna y las circunstancias se alían con él. En ese momento toda su atención se centra en la consecución de un fin y Bauer se transforma. Aquiles estaba protegido, bendecido, por los dioses Olímpicos, Bauer conjura el caudal de sus fuerzas, concentra todo su ser en la meta y mientras él está al mando sabes que las cosas serán ejecutadas de la mejor forma posible. En su claridad, es casi vidente y por eso mismo jamás pone el peso de una situación en las decisiones ajenas. Él sabe cuál es la mejor forma de hacer las cosas, es su don. Mientras otros dudan y calibran él visualiza la solución sin que el tiempo intervenga. Es decir, los hombres corrientes dependen de ese intervalo, por pequeño que sea, que se utiliza a la hora de sopesar y decidir. Bauer en cambio prescinde del proceso porque su visión forma parte de la acción misma. Su yo queda en un segundo plano a la hora de elegir porque la meta está unida a la realización de su destino. Y un héroe es ante todo acción. El calibrar queda para aquellos que piensan en jerarquías, en consecuencias, en protocolo. Bauer está solo en las situaciones más límite, incluso teniendo el apoyo de CTU porque está fuera de los márgenes humanos, de sus leyes, de sus procesos.
Bauer, sin saberlo y sin que el espectador sea consciente, porque hoy ya no tratamos con esenciales, está al servicio, no de USA, ni del bien, sino del Orden. Si Bauer fuera un personaje de la Iliada, estaría al servicio de Zeus, cuyo reinado asegura la posibilidad de vida, de justicia y estabilidad en la tierra. Todo lo que Palmer representa. Lo que conocemos, las ciudades, la organización del tiempo, lo cotidiano, está asegurado con el reinado de Zeus.
Palmer es la meta, Bauer el medio. Sin su intervención el mundo estallaría en pedazos, la población diezmaría y el Caos tomaría el control. Bauer es el motor y el resto piezas necesarias para que él pueda desarrollar sus facultades. Es curioso observar que muchas veces las personas menos admirables son las que más ayuda le proporcionan. Chloe, socialmente inadaptada, divertidísima, es su más fiel y valioso aliado. Edgar Stiles, orondo y tímido es un genio sin cuya ayuda Bauer no podría ejercer de Bauer.
La rapidez de Bauer es automática. Cuando alguien se ve envuelto en la trama sin quererlo, la diferencia entre el resto del mundo y él se acentúa. A pesar de que estemos en guerra somos ciudadanos, no guerreros. Sólo Bauer es consciente de ello. Por eso cuando alguien entra en el campo de batalla por casualidad Bauer tiene que despertarles a gritos “¡Move! ¡Now!” y el aturdido ciudadano actúa como marioneta sin saber qué está ocurriendo, sin saber que el destino del mundo que conocemos, depende del hombre que tiene al lado. Pero siempre le escuchan. Sólo comunica lo esencial, porque es parco en palabras, pero lo hace con tanta seguridad, con tanta irrevocabilidad que el ciudadano de pronto se descubre a sí mismo como parte integrante de algo más grande. Y por un instante atisba, sospecha, que ese que le habla no es un hombre corriente.
No lo es por muchas razones pero quizá la principal es su resistencia al dolor y la ausencia de miedo. Algo tan obvio como la tortura es utilizado para conseguir respuestas a lo largo de la toda la serie. Con Bauer no da resultado. Cuando le torturan es como si cerrara una válvula, esa que nos conecta con lo humano, con lo más humano: el dolor. En ese instante sabemos que su carne y él son cosas distintas y que antes que ceder, Bauer preferirá dejar morir su cuerpo y preservar intacta la figura del héroe. Porque ese es su verdadero yo.
El heroísmo es el tema principal de mi vida. Con los años se ha ido definiendo como tema y como tarea personal, convirtiéndose en un argumento claro y consciente tanto en mis novelas como en mi ideología. Quizá por eso me fascina Grecia, porque es la cuna de los héroes, de los inmortales. Allí fue donde el heroísmo se definió, donde el hombre supo que a pesar de su fragilidad y de su mortalidad era capaz de dejar huella, de traspasar su humana naturaleza y conquistar lo que sólo a los dioses les estaba reservado. Para mí, que siempre ando a la busca de héroes, de modelos en los que lo humano esté magnificado, Jack Bauer es uno de los hallazgos más valiosos de los últimos tiempos. Emplazado en un tiempo concreto, el nuestro, es sin embargo un héroe atemporal, eterno. Hoy es difícil hacerse a la idea de que podemos aprender valores y concebir ideales de la ficción pero si lo pensamos con detenimiento toda la historia de la humanidad se mueve por la ficción. ¿Qué son la Biblia y el Corán sino literatura? Es de la ficción de dónde saca el hombre sus ideales y es en la ficción dónde se crean los héroes. Decir ficción es decir deseo, anhelo, arquetipo, aspiración, esperanza e ilusión. La ficción, ayer y hoy, es la fuente donde se crea y donde proyectamos nuestro anhelo de excelencia. ¡Salve Bauer!

lunes, diciembre 04, 2006

GIGER, LA CÓPULA CON LO MONSTRUOSO


La primera vez que supe de HR Giger fue por la película, Alien, el octavo pasajero. El fascinante alienígena es creación suya. Siempre he envidiado la capacidad de crear y parir monstruos. Es un don igual de admirable que el de componer una pieza de música o pintar un cuadro, e imagino que como ocurre con toda obra de arte, la gestación tiene que ser memorable. Porque no hay que olvidar que antes de que el Alien saliera del pecho de William Hurt, Giger ya lo había tenido dentro. Todos los rasgos del espeluznante alienígena se gestaron en su interior. Lo que revela que la cabeza de Giger es el útero más abominable y fantástico que existe. Pero, si Giger es la madre ¿Quien es el padre? Y sobretodo ¿Qué clase de acto sexual hay que llevar a cabo para dar a luz a un monstruo?
Una mente creadora es como una antena parabólica que recoge del exterior, de lo más profundo o de las necesidades globales del ser humano, símbolos incompatibles con el método tradicional de concepción. Porque los seres excepcionales utilizan para nacer pautas distintas de las que la naturaleza impone. Unos, como ciertos héroes de la mitología nacen de la cópula de un dios y una mortal o de una mortal y un caballo. Sólo los más exclusivos se hacen de barro y una costilla. Los más profanos del desecho de otros seres humanos y una buena descarga eléctrica. Pero los más interesantes, son aquellos que nacen de la inspiración de un ser que hace las veces de padre, madre y destino. Su complexión obedece a los objetivos de su único progenitor, y en esos casos ni siquiera a la naturaleza le está permitido intervenir con su caprichosa conspiración genética. Porque quien así concibe tiene tan claro el resultado que no delega en colaboradores que puedan fastidiar el resultado final.
El momento en que Giger presiente que un alienígena le está creciendo dentro debe ser glorioso. Él, como si fuera una virgen tocada por el dedo de Dios, concibe sin necesidad de un acto sexual explícito, un ser único y fabuloso que nacerá, en su caso, con los rasgos de una pesadilla. Atendiendo a esta clase de creaciones antinaturales es posible que nunca sepamos si la Virgen Maria, la mejor hacedora de sueños de la historia, poseía, como les ocurre a los creadores supremos, la potencia espiritual necesaria para concebir sin ayuda de nadie, un ser perfecto, que representará la posibilidad en estado puro. Quizás Maria era una especie de Mary Shelley sin artilugios, que utilizó la fuerza de su imaginación y una tremenda pasión espiritual para dar vida a una criatura fantástica, imposible. Seres semejantes sólo pueden concebirse dentro de un espíritu privilegiado. La pregunta es si Giger o la Virgen son elegidos por alguien externo a su mundo, o si son ellos los que dan a luz a sus propias ilusiones con la fuerza de su deseo e imaginación.
Lo mismo ocurre con los demás engendros de Giger, porque su fertilidad no termina en el alienígena que todos conocemos. Hay toda una prole de vaginas ranura, monstruosos engendros con enormes penes, mitad orgánicos mitad metálicos, capaces de generar repulsivos fetos; hay mujeres hermosas con cuerpos comidos por la muerte que experimentan verdaderos éxtasis en contacto con seres abominables, de rasgos espeluznantes; bellezas siniestras penetradas por la boca con instrumentos gelatinosos, o herramientas de acero; y también paisajes colosales, devastadores para la imaginación, donde todo lo que nos rodea es una sustancia fungosa y metálica que piensa y siente.
Los retoños que habitan su universo no tienen desperdicio. Su labor de reproducción es exhaustiva. Dotar de rasgos, médula y particularidades a un monstruo es una responsabilidad que sólo un auténtico creador puede permitirse. Porque si uno se para a mirar detenidamente los rasgos del alíen se da cuenta de lo acabado que está, de lo perfecto de su fisonomía. No le falta un detalle. Puede decirse que Giger amplía el termino de paternidad, lo enriquece. Él es más padre de su criatura de lo que nuestros padres lo son de nosotros, porque éstos, ponen la semilla y durante los nueves meses siguientes, a veces incluso más tiempo, se desentienden de los rasgos y perfiles que tendrán sus vástagos. Giger en cambio, conoce, antes de que el nacido adquiera tres dimensiones, el grosor de cada pliegue y la longitud de sus pulidas garras. Él actuá como lo hace la genética y las enzimas, y no sólo eso, aparte de lo morfológico, tiene asignado un destino, una personalidad y una pauta de actuación para todos y cada uno de sus vástagos.
Por la creación de su famoso alienígena, a Giger le dieron un Oscar en 1980. Con ello consiguió el reconocimiento internacional. El mundo entero quedó fascinado por su escalofriante universo. Era normal preguntarse de qué clase de experiencias había surgido una mirada tan retorcida. Su padre era farmacéutico en un hermoso pueblo de suiza, su madre una mujer sencilla y amable. Ambos, en una breve entrevista para el “Giger´s Necronomicon”, confesaron que no entendían de donde había sacado su hijo semejante visión. Giger no tuvo una infancia desdichada, no hubo ningún siniestro incidente familiar que marcara su visión. Nada de nada.
Sorprendentemente, lo que él recuerda como causa de su morbosa pasión por lo macabro es, ni más ni menos, que la estremecedora visión del Cristo ensangrentado clavado en la cruz. Ahí está. La causa de nuestros terrores, el huevo de donde nacen todas las pesadillas. Una oscura imagen compartida quizá por toda la cristiandad.
Siempre me he preguntado cómo es posible que nuestros padres nos prohibieran ver películas, donde dos individuos felices y casi siempre hermosos, se dedican a darse placer, y sin embargo nos dejaran e incluso obligaran a entrar en una iglesia oscura a contemplar a la mortecina luz de las velas, la figura de un hombre ensangrentado, clavado de pies y manos, atravesado por una corona de espinas, con el costado perforado y la cara descompuesta por el dolor. ¿Es que es tan difícil darse cuenta que es una imagen pavorosa? ¿A quien se le ocurrió, cuando la primera iglesia cristiana fue construida, poner como reclamo semejante tormento? ¿Por qué eligieron mostrar la crueldad y el dolor como estandarte, en vez del momento glorioso de la resurrección, que es lo que verdaderamente diferencia a Jesucristo del resto de los mortales?
Mirando esa imagen se siente más terror que el que pueda provocarnos cualquier monstruo creado por Giger. Cuando observo esos rostros alienígenas, infectados y descompuestos, no puedo dejar de preguntarme si en su universo, donde la oscuridad y lo macabro son lo habitual, tienen también a su dios clavado en una cruz. Quizás ellos, que para nosotros son los monstruos, prefirieron prescindir de los dioses antes de caer en el error de creer que la única forma de acercarse a ellos es mediante el dolor.