lunes, febrero 22, 2010

EL DON DEL SIGNIFICADO

Es un momento definitivo cuando las cosas dejan de ser vistas, sentidas y apreciadas a través del símbolo y se convierten en “lo que son”. Se dice que eso es madurar: Ver las cosas como son. Pero ¿Cómo son las cosas? Cuando les arrebatamos la pátina del significado, las cosas pierden el oro que las recubre, aquello que las coloca en un lugar privilegiado. Desnuda de simbolismo, cualquier cosa pierde “historicidad” y queda reducida a una diapositiva. Es sólo un objeto perceptible por los sentidos. Y los sentidos, sin sumarles nada más, son solamente herramientas. Utilizados sin combinarlos con la imaginación, la memoria, los sentimientos o los deseos pierden un grado de humanidad.
El amor, la fascinación, el odio, la admiración, proporcionan sentido. Si despojamos a la persona amada, odiada o admirada de todo eso, esa persona se convierte en algo neutro, pierde status. Es simplemente algo más entre la infinidad de cosas que nos rodean. Para que la vida, las personas, los lugares, las experiencias tengan sentido hay que tratarlas desde el lado simbólico, hay que dotarlas de algo nuestro, vestirlas con nuestras ropas, ofrecerles nuestra atención, hacer uso de nuestra subjetividad.

Vivir sin filtro empobrece nuestra vida, nuestros recuerdos, nuestra historia. Nos hace pacientes, del verbo padecer, en lugar de creadores. Es tomar lo que nos dan crudo, sin atrevernos a cocinarlo o sazonarlo a nuestro gusto, simplemente porque es el sabor que trae de fábrica. Es acomodarse a lo que viene de fuera, acobardarse ante algo que a simple vista parece más grande. Es no saber que la riqueza, el valor y el sentido los aportamos nosotros.

Eso no quiere decir que sin nosotros no existan sitios, situaciones o personas especiales. Existen. Pero dependiendo de la capacidad del que mira eso será evidente o invisible. Sin “vista” incluso lo más sublime pasa desapercibido. El que no ve, carece de poder artístico, desconoce las claves para construir tanto su propia individualidad, como para reconocer el poder intrínseco que ofrece lo extraordinario. Quien no sabe utilizar lo existente para construir su mirada es pobre e incompleto. Su vida siempre carecerá de encanto, de misterio y significado. Dejarse convencer de que las cosas “son lo que son”, es renunciar a uno mismo, es renunciar a un don. Y es que no saber que la capacidad para crear significado es un don que se nos otorga junto con nuestras propias circunstancias, es tan triste como no haberse enamorado nunca, no haber llorado nunca, no haber reído nunca.
En términos biblicos sería la parábola de los talentos. Es la pregunta: ¿Qué haces con lo que se te ha dado?

Todo lo que nos hace sentir más vivos, lo que nos hace más conscientes y más ricos, es aquello a lo que hemos otorgado un significado en forma de símbolo, aquello en lo que hemos puesto nuestra intención y capacidades. Lo que posee historia y peso en nuestra memoria.

Quien es capaz de dotar de sentido incluso a lo más insignificante, nunca sentirá que la vida está vacía o que no tiene sentido. Jamás se planteará las preguntas ¿Para qué hacer esto? ¿Por qué escoger eso en vez de aquello? Todo lo que haga, sienta, piense y decida formará parte de esa mirada poderosa cuyo objetivo es convertir lo subjetivo en un acto de creación.

martes, diciembre 15, 2009

APRENDIENDO A NADAR


No saber nadar es no saber flotar, o mejor, no saber que se puede flotar. Nadar es simplemente saber moverse de una forma concreta. Aunque lo verdaderamente interesante es que una vez que hemos aprendido, descubrimos que ni siquiera es necesario moverse, que uno puede “hacerse el muerto” y simplemente flotar.
Si alguien no sabe nadar se ahoga en una situación que no es absoluta si no circunstancial. Es decir, si te caes desde un precipicio de 400 metros es más que probable que te mates, porque no es posible “aprender a caer”. Pero ahogarse, a no ser por supuesto que al elemento agua se le añadan otras incidencias como corriente, olas, piedras, etc…, significa que no tenemos incorporada la noción de cómo movernos para salir a flote. Ahogarse es no saber cómo dejar de moverse. La lucha, el chapoteo, el drama, lo creamos nosotros. El agua no nos hunde, somos nosotros quienes nos hundimos, quienes creamos la resistencia y el peligro.
Este escenario me hacer pensar en esas situaciones que encontramos en nuestra vida, en las que no saber cómo movernos tendrá como resultado que nos ahoguemos. Cuantas veces moveremos los brazos haciendo espavientos en declarado pánico, tratando de permanecer a flote, cuando lo único necesario es saber que flotamos y que con un movimiento apenas perceptible podemos salir de ello. Cuanta energía gastaremos tratando de chapotear y elevar la cabeza cuando lo más sencillo es relajarse, hacerse el muerto y agitar grácilmente las piernas para alcanzar tierra firme.
Saber nadar es saber moverse, es saber que flotamos. Y esa diferencia, el saber, es lo que separa la vida de la muerte, el triunfo del desastre. Si no sabes que estás hecho para flotar, simplemente te ahogas. No crees en tu flotabilidad aunque la lleves dentro. Crees que el agua es más poderosa que tu capacidad de navegación y luchas contra algo que no necesita ser combatido. Es la lucha la que nos agota, el miedo el que nos nubla el conocimiento, y cuando queremos darnos cuenta estamos agotados, en el fondo. La más absurda de las realidades, porque con los brazos cómodamente cruzados en la nuca y un ligero chapoteo de pies habríamos alcanzado la orilla.
Hay que conocer nuestro nivel de flotación, porque desde esa orilla segura, el nadador que nos observa, no puede transmitir, cuando ya estamos inmersos en el agua, lo fácil que es no ahogarse. Es una sabiduría que requiere conocerse de antemano para cuando llegue el momento de utilizarla. Lo que alguien nos aconseja desde fuera, ese sencillo ¡mueve los brazos! puede servir precisamente para agotarnos, para despertar el miedo que bloquea nuestras capacidades y hacernos más conscientes de que no sabemos lo básico, algo que de pura sencillez hemos pasado por alto.
Saber nadar es “saber” que podemos flotar. Es no dudar, es reconocer que la lucha es a veces un obstáculo invisible creado por nuestro espíritu guerrero, que sólo vive y se crece con las victorias. Un espíritu que sólo sabe de superación y lucha porque lo único que tiene sentido para él es vencer. Ese espíritu guerrero a veces nos mete en el agua y nos obliga a oponer resistencia ante aquello que no nos ataca. Es cierto que el guerrero es quien nos saca normalmente de los problemas, quien nos hace crecer y avanzar, pero su ámbito es la acción, el ataque. Vive en esa época de nuestro espíritu en la que el uso de la fuerza es la única forma de vencer los obstáculos. El guerrero mira y evalúa, pero su respuesta es siempre violenta. El diálogo y la comprensión no forman parte de su vocabulario. El guerrero cree que siempre estamos en guerra. Desde su visión, todo forma parte de una estrategia de supervivencia. No le importa agotarse, mancharse, sangrar, porque esa es su condición. Si un guerrero no lucha ¿entonces qué hace con su tiempo? ¿con su fuerza? ¿con la vida? Si no lo convierte todo en lucha, la vida se vuelve entretenimiento, y no hay nada más aburrido y mezquino que el ocio. El ocio para el guerrero es la muerte. El ocio es la no resistencia, la no-agua. La nada alrededor. No creo que debamos enseñar al guerrero a relajarse, pero sí saber cuando llamarle y cuando no.
No todas las acciones requieren la misma fuerza. No es necesario utilizar una grúa para coger una flor del campo. Basta con estirar la mano y arrancarla suavemente.

martes, octubre 13, 2009

HEROICA. Un avance informativo para lectores y curiosos









Qué estás escribiendo ahora es una pregunta que me hacen muy a menudo y cuya respuesta nunca satisface ni al interesado ni a mi misma, porque debo resumir en pocas palabras, normalmente dos, el trabajo de cuatro, a veces cinco años. ¿Thriller psicológico? ¿novela de misterio? ¿novela gótica? ¿historia de suspense?… Es muy difícil tratar de darle un nombre a ciertas cosas, sobre todo cuando se ven desde dentro. Al hacerlo lo encerramos en un nicho que deja fuera matices y detalles que son probablemente la esencia de la obra. Lo que es más, esas dos palabras pronunciadas nos refieren automáticamente a esos cientos, miles de ideas con las que relacionamos un género y con la misma rapidez aceptamos o descartamos su “consumo”. Siempre me produce cierta desazón tener que explicar “en que estoy trabajando ahora” precisamente porque lo que yo hago o trato de hacer no puede definirse en dos palabras, y si puede, yo no sé hacerlo.
Para explicar lo que estoy escribiendo y que nada se pierda siento que tengo que contar la novela entera porque todo lo que escribo es esencial, (si no prefiero no incluirlo), y para eso, la respuesta requeriría más paciencia y tiempo de los que hoy nadie dispone. El resultado es que me lío y lío al oyente que se va con la sensación de que el embrollo ha sido intencionado porque nada hay más sencillo que decir: Es una novela de misterio. ¡Ahhhh! ¡Qué interesante! Ya está. Todos contentos.
Con Heroica, la novela que llevo escribiendo 4 años, mi respuesta es sin embargo más segura. El oyente se queda igual de confundido, pero yo al menos me siento satisfecha. Hay uno que gana algo. Yo. Antes perdíamos los dos. No incluye todo pero la formula que estoy tratando de combinar queda resumida en dos palabras por las que siento especial fascinación. Cuando me preguntan contesto: Es un Western mitológico. El lector, o el amigo, o el amigo lector trata de buscar en su mente ideas relacionadas con ese género sin éxito porque, aunque sabe perfectamente que es un western y tiene alguna idea de lo que es la mitología griega, nunca ha visto esos dos términos juntos. Tengo que recurrir igualmente a la explicación, pero en este caso me encanta, porque para mi es un descubrimiento haber llegado a la conclusión de que dos de los “géneros” que más me gustan, son en realidad, las dos formas más genuinas de representar la imagen del héroe. Excluyendo por supuesto el romanticismo del que hablaremos otro día.
El cowboy y el héroe griego tienen en común mucho más de lo que a simple vista parece. En el western, más que en ningún otro género, los valores y los temas son aquellos que forman parte de la mitología heroica griega. El héroe es, como el cowboy, un ser solitario, individualista, que no egoísta, cuyo pasado es incierto y cuyos actos siempre implican elecciones morales. El héroe y el cowboy llegan de ningún sitio, justo hasta el lugar donde se les necesita, y con su espada o su revolver, su falta de convencionalismos y su espíritu libre e insobornable hacen justicia, restablecen el orden y se marchan por donde han venido.
Con sus actos, como dice Slotkin, redimen o son redimidos. Hay en ellos algo trágico y algo envidiable, algo eterno que nos recuerda que siempre habrá seres dispuestos a ser ellos mismos, ajenos a las modas y las corrientes. Seres que vienen y van, mientras el resto se pudre en una quietud moral acomodada, seres equipados con valores perpetuos, que a pesar de su desarrollado sentido de la justicia parece como si sólo pudieran tratarse de tú con las más altas esferas.
Esto, a grandes rasgos, es Heroica, un cowboy femenino enredado en la mitología griega. Sé que no es una explicación muy profunda, pero es una etiqueta, de esas de dos palabras, con la que me siento satisfecha y que me permite resumir con cierta seguridad "lo que estoy haciendo ahora". De ahí a su conclusión, otra pregunta frecuente, queda aún un trecho. Terminaré cuando termine de aprehender y aprender de una vez por todas, cuál es, como dice Savater, La tarea del héroe.
Continuara…

lunes, marzo 23, 2009

LA JUSTICIA COMO TEMA Y META.



















La nueva película de Clint Eastwood, Gran Torino, es, o mejor, sigue siendo, una fantástica y brillante variante del tema que ha ocupado casi toda la carrera de Eastwood como actor y director. El personaje que ha creado, y en el que ha decidido creer durante más de cincuenta años, es el de un “outsider” con un insobornable sentido de la justicia. En Gran Torino estamos viendo al Jinete Pálido y a Harry, el Sucio, y comprobamos que con 78 años, Eastwood no ha perdido ni un gramo de presencia, de elegancia, de personalidad, ni de credibilidad. De hecho impresiona más que nunca ver su rostro cuarteado, sus afilados ojos y su fibrosa figura donde no queda lugar más que para lo esencial.
Mañana cumplo años y cada año que pasa me reafirmo en la idea de que cuando sea mayor, más mayor, quiero ser como Clint Eastwood. Lo que espíritus indomables y creadores como él aportan a nuestra cultura es que nunca hay que olvidar que siempre habrá un héroe dispuesto a hacer frente a aquellos que utilizan la violencia para imponer su voluntad. El héroe “Clinteastwoodniano” está dispuesto a enfrentarse con cualquier tipo de malhechor y demostrarle que por muy “cool” que crea ser, por muy investido que crea estar del oscuro glamour que irradia su maldad, él, ya sea como policía, como vaquero o como octogenario intransigente, es aún más “cool” que todos ellos. Nadie excepto él tiene la última palabra porque a pesar de ser un rebelde excluido del entramado social, una figura solitaria sin vínculos con el resto de los mortales, porta en su persona la infalibilidad de lo que está bien hecho. Sus intereses no son partidistas. Ni siquiera está del lado del débil porque sea débil, si no porque en última instancia la justicia es dar a cada uno lo suyo. Y la mayoría de las veces, el que tiene razón no puede o no sabe defenderse y necesita que el héroe, que es imparcial y no desea más que ser él mismo, haga el trabajo de dios y restablezca el Orden.

Ese héroe, como ocurre en El Jinete Pálido, (y también en Gran Torino), es un milagro que aparece cuando una adolescente arrebatada de rabia ante los estragos que una banda de forajidos está ocasionando en su poblado, pide en sus rezos que Dios les envíe ayuda. Eastwood aparece investido del misterio que emana su presencia y nada importa que sea un predicador. Cuando se da cuenta de que las palabras y la razón no son suficientes para detener a los asesinos, se quita el alzacuellos y va a recoger sus pistolas, los únicos argumentos que entienden las bestias. En casi todas sus películas nos recuerda que el justo no tiene porque renunciar a la fuerza cuando todas las otras posibilidades se han agotado, si por medio de esa fuerza es posible restablecer la justicia. Nos recuerda que el justo es justo, pero no imbécil.
Es cierto que en Gran Torino la violencia no se considera el último recurso y que prefiere sacrificarla junto con su persona, pero hay que entender que la edad nos hace más sabios y menos impetuosos y que llegado cierto momento nos damos cuenta de que es verdad eso de que la violencia engendra violencia. Pero incluso aquí, prevalece la idea de que el héroe no tiene nada que perder, ni siquiera cuando lo pierde todo, porque su razón de ser no es siquiera su vida, si no el ideal de la vida. Sus personajes son siempre seres individualistas, alejados de su origen y familia, que recorren el mundo solitarios, con las cosas claras y sin miedo a poner a cada uno en su sitio.
No quiero siquiera pensar en todo lo que perderemos cuando Eastwood muera. Ya no quedan muchos como él, que hayan vivido tanto, visto tanto, creado tanto, y que después de toda una vida sigan demostrando con tanta maestría que no sólo es posible conservar nuestras metas y temas de juventud, si no que es nuestro deber perfeccionarlos y aportarles con cada paso que damos y con cada año que cumplimos el tratamiento que como sueños que son, merecen.

jueves, febrero 19, 2009

UN REGALO ÚNICO


Hace unos días unos amigos nos hicieron un regalo espectacular. El coreógrafo Rafael Bonachela, desde hace unos meses director del teatro de danza de Sidney, director de la compañía BDC, además de coreógrafo de Kylie Minogue, Tina Turner, Primal Scream, etc, está montando una pieza nueva y como su vida es una sucesión de fantásticas coincidencias creativas, conoció a Ezio Bosso, un compositor de origen italiano, ciudadano del mundo, que parece salido de un retrato romántico del siglo XVIII. Ezio acababa de trasladarse a Londres desde Nueva York donde ha vivido varios años. Se conocieron y comenzaron a crear juntos. Rafael necesitaba música para su nueva pieza y Ezio compuso Oceanía, una sinfonía que ha grabado hace sólo unas semanas con la filarmónica de Turín.
Todos estábamos ansiosos después de que Rafa nos dijera lo fantástica que era la obra, lo excitado y nervioso que estaba ante el reto que tenía delante. ¡Ezio había creado una sinfonía para él! ¿No es alucinante que alguien componga una sinfonía para ti? ¿Qué te la entregue para que tú crees otra forma de arte? A mí estas cosas me fascinan.
Bueno, pues en uno de sus viajes relámpago a Londres, Rafa reunió a unos pocos amigos, éramos ocho en total, y Ezio y él nos invitaron a escuchar en exclusiva la sinfonía, acompañada de champán y una riquísima cena italiana.
La casa de Ezio es una mansión de estilo Gótico victoriano en el este de Londres. Su aspecto es imponente. Londres está lleno de mansiones, manors, edificios victorianos, georgianos, eduardianos, nosotros mismos vivimos en una casa victoriana de 1800 y algo. Pero la casa de Ezio parece sacada de una película de Tim Burton. La plaza en la que se encuentra fue bombardeada durante la segunda guerra mundial y de lo que debió ser un reducto gótico, hoy sólo queda una hilera de mansiones rodeada de casas de protección oficial sin demasiado encanto. En medio de la modernidad más práctica se levanta esta sucesión de fabulosas y anacrónicas construcciones con torreones, porches almenados, chimeneas interminables y cristales emplomados.
La experiencia fue desde el principio un regalo para los sentidos. Comenzamos con el champán y los aperitivos españoles. Uno sólo puede apreciar este detalle si lleva más de tres años viviendo en Londres. Ezio, que no sólo es un excelente compositor, si no que además cocina de muerte, nos preparó una deliciosa pasta con patatas y judías verdes al pesto, algo que ninguno habíamos probado antes. La cena fue, como siempre son nuestras reuniones, una ocasión ruidosa y enérgica, en la que compartimos, cada uno desde nuestro terreno profesional y personal, visiones distintas, complementarias, opuestas y semejantes pero siempre interesantes, acerca de los mil temas que surgen a velocidad de vértigo. Después de la cena, los postres y los maquiatos pasamos con nuestras copas a uno de los salones donde Rafa e Ione, que es fotógrafa y una de las personas más alegres y deliciosas que conozco y de la que también me precio de ser amiga, habían encendido decenas de diminutas velas por toda la habitación.
El ambiente del cuarto, de techos altos, amplios ventanales y paredes empapeladas con elegantes rayados verticales era mágico, antiguo casi. No costaba imaginar cómo habría sido una velada de similares características en la Viena de Mozart o en el Versalles de María Antonieta. Nos acomodamos como gatos siameses en los sofás, el suelo y sobre mantas junto a la chimenea, mientras degustábamos dulces porciones de Baklaba con el champán a la luz de las velas. Antes de escuchar cada movimiento Ezio nos explicaba qué había detrás de la música. Allegro, Allegro ma non tropo, Scherzo… Impresionante. La música es la forma más elevada de arte, la que mejor y con más profundidad llega al corazón y que con más puntería conjura nuestras emociones.
Con Oceanía, todos juntos nos embarcamos en un viaje hacia lo esencial de la vida. Su notas épicas hablan de esas verdades hermosas y terribles que no tenemos más remedio que afrontar cuando estamos vivos. Hablan de cómo las olas y los vientos azotan nuestras metas e ilusiones y como el navegante, cada uno de nosotros, debe luchar contra la marea y la tempestad sin perder el rumbo, sin dejarse amedrentar por la magnitud del encrespado mar que se extiende ante sus sueños. Oceanía es el viaje apasionado y cuerdo, vibrante y lleno de coraje que a todos nos gustaría recorrer en nuestras vidas.

Haber podido disfrutar de semejante regalo es un lujo. Pero la noche no terminó ahí, después de la sinfonía, Ezio interpretó con su cello, que es un voluminoso cuerpo de madera del año 1726, impregnado de tiempo y sonidos del pasado, varias piezas compuestas por él, preñadas del estremecimiento que sólo puede exhalar de un cello.
Mientras escuchábamos, bebíamos, reíamos, charlábamos y sentíamos, Ione tomaba fotos con su tercer ojo, captando nuestras impresiones, apresando el instante efímero y convirtiéndolo en eterno. Magia pura. Sus fotos, aparte de mi documento escrito, son otra forma de apresar la ocasión y gracias a ella será todavía más difícil que la experiencia se pierda en nuestra memoria.
Rafael se ha vuelto a Sidney y ahora está allí, en la otra punta del mundo, forjando movimientos con la música de Ezio, creando con cuerpos humanos una respuesta al fabuloso regalo que ha recibido. Para Francisco, Anny, Ramón y el resto de los que estábamos allí, haber sido participes de algo tan bello es un regalo único. Gracias Rafa, gracias Ezio.

miércoles, enero 21, 2009

LA CORONACIÓN DEL REY ARTURO.










(¿QUIÉN DICE QUE YA NO EXISTEN LOS HÉROES?)
Ayer vi en directo la toma de poder de Obama con el corazón agitado, embargada y contagiada por el entusiasmo, que es el único contagio que no me repele. Con los ojos henchidos de mitología y siempre atentos a descubrir un retazo de épica en nuestra modernidad, disfruté de unos de los eventos históricos más emocionantes que he vivido, que hemos vivido.
La puesta en escena fue espectacular y en algunos momentos parecía que estábamos contemplando un cuento de hadas de los que leíamos de pequeños, o la coronación de un rey-héroe medieval, con trompetas, banderitas y redoble de tambores, con todas las personas importantes del reino invitadas a palacio, incluso la bruja Bush y compañía, que aguantaron el tirón y la vergüenza de encontrarse frente a la aclamación mundial del querido y ansiado héroe.
Ayer, el mundo entero y en especial Estados Unidos estábamos atentos a un hombre, que hace tiempo abandonó la condición de mortal y entró en el terreno mítico por derecho propio. Y estábamos atentos porque a pesar de lo que pensemos necesitamos creer y que nos recuerden que ser mejor es posible. Hace mucho tiempo que nadie hablaba, sin miedo a ser tachado de idealista e ingenuo, sobre los valores y el poder de la imaginación, sobre la grandeza y lo que cuesta ganarla. En Europa creemos que todo está dicho y hecho y que tener esta clase de ideales es infantil y absurdo. Y como la realidad la escogemos nosotros quien crea eso, así será para él sin duda.
Pero para quien crea que es posible que las cosas cambien, ahí está el héroe investido de idealismo, dispuesto a conducirnos al centro de nuestra propia valía. Porque lo que Obama lleva haciendo desde que comenzó su meteórica carrera es despertar conciencias, animar a los desanimados, resucitar a los muertos morales y eso tiene mucho merito. La aclamación mundial que ha conseguido no es sólo porque él imprima confianza, si no porque despierta la confianza en nosotros, no es porque él represente la esperanza, si no porque nos hace sentir que la esperanza aún está viva, no es porque esperemos que mueva una varita mágica y todo vaya a solucionarse, si no porque con sus palabras ha devuelto el protagonismo al ciudadano, al ser humano, y le ha colocado delante su capacidad de elegir y el regalo de volver a verse a sí mismo renovado, sin ideas preconcebidas y roles prejuzgados.
Lo que más me impresionó, quizá porque es un tema que estoy tratando ahora en Heroica, mi nueva novela, fue cuando habló de que nuestros retos pueden ser nuevos pero los valores de los que depende nuestro éxito son lo más viejo, son la Verdad. En un post que escribí hace unos meses titulado “El sueño imposible” hacía referencia precisamente a eso. Nosotros y nuestras necesidades, nuestros conflictos y miedos son pasajeros como lo somos nosotros, pero los valores permanecen a través del tiempo, inmutables y perfectos. Sólo tratando de alcanzar esos valores en nuestras efímeras vidas podemos saber lo que es la eternidad y con ello, hacernos participes y creadores de la grandeza.



viernes, noviembre 21, 2008

¡RALPH WALDO EMERSON!

(Tumba de Ralph Waldo Emerson en el cementerio de Sleepy Hollow)
Ralph Waldo Emerson es uno de mis autores preferidos. Sus ensayos son anfetamínicos. Leerle provoca siempre un elevamiento del espíritu, del ánimo, proporciona alegría, seguridad en uno mismo, confianza en el mundo, otorga esperanza acerca de lo posible y confirma lo imposible. Si existe algún autor con propiedades curativas, regeneradoras y liberadoras es Emerson. Para Europa es un autor casi desconocido pero en Estados Unidos es el padre de lo que llamamos el sueño americano. Emerson conforma el ideal de superación, de posibilidad de cambio, de autoconfianza e individualismo que impregna a los estadounidenses, que no lo olvidemos, son los descendientes de todos aquellos europeos que, hartos de la rígida estructura de clases, de la imposibilidad de conseguir prosperar si no se era hijo de alguien, emigraron a un país libre o casi libre de jerarquías.
Emerson es conocido como representante del trascendentalismo y en sus libros escribe frases como esta: “Si un hombre está en su lugar será constructivo, fértil, magnético” Leer una frase así conduce inevitablemente a la pregunta ¿Cuál es ese lugar? ¿Cómo sé si estoy en mi lugar, si de todos los lugares de la tierra, de todas las posibilidades de ser y estar que existen, yo, estoy en la que me corresponde? Otra línea de pensamiento para llegar a una respuesta sería preguntarse ¿Soy constructivo, fértil, magnético? Si la respuesta es Sí, quiere decir que estamos en nuestro lugar, pero si es No, volvemos a encontrarnos con la duda. Y entonces podemos plantearnos ¿Dónde sería yo constructivo, o fértil incluso magnético? El lugar por supuesto no es sólo espacial si no que se refiere a un estado de ser en el que nuestras capacidades, todo aquello que es rico, útil y valioso en nosotros tienden a florecer y desarrollarse. El trabajo de autoexploración y autoconocimiento que surge de leer semejante frase es fascinante. Obliga a mirar hacia dentro, a vernos y a trabajar. Con Emerson siempre se trabaja, así es que aquellos que no estén interesados en sí mismos es mejor que no se acerquen a sus libros.
Otra frase fantástica: “Nos tomamos muchas molestias para acechar y atrapar lo que por si mismo caería en nuestras manos”. Esto es tanto como admitir que existe un destino para cada uno y que a veces no nos damos cuenta de que sólo podemos poseer aquello que nos pertenece legítimamente. Invita a la relajación pero también despierta dudas acerca de qué es aquello que nos pertenece y cómo saber si lo que deseamos es legítimo o no. Porque por supuesto lo más difícil es admitir nuestras propias limitaciones y saber qué es lo que nos define, qué es lo que sabemos hacer mejor, qué es lo que realmente queremos de la vida, cuánto esperamos de nosotros y cuánto estamos dispuestos a trabajar para ser merecedores de lo que deseamos.
Otra frase: “Pensar es recibir” ¿Recibir? ¿De quien? Emerson cree que de Dios. Yo también.
Otra impresionante. “Tan pronto como el hombre es uno con Dios no necesita suplicar. Cada acción será una oración”. Esta es una frase que adoro y que tiene su origen en la máxima de los monjes Benedictinos: “Laborare est orare” Significa: Trabajar es rezar, y para mí quiere decir que todos tus actos deben ser una oración. Rezar no es hincarse de rodillas y pedir algo, es más bien procurar que cada cosa que hagas lleve en sí la intensidad, la concentración y la voluntad que una oración requiere. Es convertir tu vida en una sucesión de actos sagrados. Admitir que tu destino está ligado a quien eres y por tanto a lo que haces con tu tiempo y con tu vida.